CABEZA DE TURCO

CABEZA DE TURCO

La empatía, la capacidad para situarnos en los zapatos del otro o la otra, es una de las características esenciales para la vinculación afectiva. Sin embargo, el ejercicio empático necesariamente transita el filtro de nuestra conciencia, que sesga todo análisis al someterlo a un proceso hermenéutico inevitable a través de las categorías preconcebidas de nuestra mente. Es tan difícil ponerse en los zapatos del otro que incluso una de las claves del periodismo tradicional radica justamente en arrancar la experiencia del observador de las consideraciones personales para narrar desde un plano neutral: la empatía en un estado total se asume como un estado quimérico inalcanzable, por lo que preferimos la imparcialidad a la comprensión cabal. Esto es lo deseable, a no ser que el ejercicio periodístico se ejerza en un grado tan extremo como el del escritor alemán Günter Wallraff que conmocionó a su país en 1985 con la publicación de Cabeza de turco, uno de los ejercicios periodísticos y literarios más asombrosos que jamás haya visto. Wallraff entendió que la única forma de poder narrar en su entera dimensión, crudeza y dureza el indigno e inhumano estado en el que vivían millones de inmigrantes turcos en su país era convirtiéndose, literalmente, en uno de ellos. Así que mandó a hacer unos lentes de contacto negros, compró una peluca hecha de pelo real, se adhirió un bigote falso y durante un año asumió la identidad de Ali, un inmigrante turco que tenía que trabajar día a día para sobrevivir con su muy rudimentario alemán. A pesar de que las condiciones en las que se llevó a cabo el experimento de Wallraff describen una Alemania que no es la de hoy, el flagrante atropello al que eran sometidos esta clase de hombres descastados y desposeídos, nos habla de una realidad infernal que padecen millones de hombres en el mundo. En algunos países, como en el nuestro, el racismo y dominio de clase sucede incluso entre compatriotas y las castas se marcan por el tamaño del músculo económico.

El delirante viaje de Wallraff lo llevó a trabajar en el escalafón más bajo de una constructora alemana que evadía millones de marcos en impuestos explotando a trabajadores ilegales que vivían, literalmente, rodeados de mierda, y eran tratados peor que esclavos; a trabajar como dependiente de un McDonald’s donde vio prácticas tan divertidas como cuando un compañero suyo fue obligado a destapar el baño del patrón y no tuvo más remedio que usar la espátula con la que volteaba las hamburguesas; a presenciar un partido de futbol Alemania-Turquía en el que por error terminó en una tribuna de jóvenes neonazis; a intentar en decenas de parroquias convencer a sacerdotes de que conocía todos los dogmas del catolicismo para obtener un bautizo que le fue siempre rechazado por su aspecto y su condición de lumpen, e incluso, para retratar un mundo que redimensiona la capacidad de soportar humillaciones por parte del ser humano, se hizo pasar por un militante de la extrema derecha turca y se tomó fotografías con altos dirigentes de un reaccionario partido alemán que entonaba en sus mítines consignas abiertamente xenófobas.

Hace apenas un mes me tocó ver una exposición en el MoMa de Nueva York que mapeaba los movimientos migratorios en el mundo en una pantalla gigante. Un punto verde en movimiento representaba el desplazamiento de un millar de personas de un punto a otro. Cascadas de pequeños puntos verdes se desplazan año con año de países miserables en busca de oportunidades dignas de vida para ellos y sus familias. Las realidades con las que muchos de ellos se topan no difieren mucho de los miles de sufrimientos por los que tuvo que pasar Ali, el alter ego del periodista alemán. Nos horrorizamos todos los días por la hecatombe social por la que atraviesa nuestro país culpando a esos “bárbaros” que han tomado por asalto al Estado mexicano, pero pasamos por alto un orden social y económico cuyas bases y cimientos son igual de crueles y despiadados que las prácticas más criminales de los sicarios que tanto tememos. Libros como Cabeza de turco son pequeños haces de luz que tratan de hacerse visibles en la espesa niebla de la conciencia humana, que en general alcanza a ver tan lejos como la distancia que media entre ella y los objetos de su insaciable deseo onanista y autocomplaciente+

Por Diego Rabasa
Editor, columnista y, por si fuera poco, americanista.

Imagen: Günter Wallraff durante el proceso de caracterización para encarnar al somalí Kwami, su última aventura periodística.