EL JUEGO DEL HOMBRE

EL JUEGO DEL HOMBRE

El deporte ha tenido una importancia central en mi vida. He jugado futbol desde los cinco años y quizá baste con que les comparta que tres de las memorias más vívidas que tengo de mi padre tienen que ver con este juego: la primera de ellas fue la ocasión en la que conocí el Estadio Azteca. El América (el equipo de mi padre, y por extensión mío y de mi hermano) recibió al Toluca y perdió 2 a 0. Aún recuerdo con mucho frescor el golazo de tiro libre que metió el “Tuca” Ferreti desde tres cuartos de cancha.

Ese día mi hermano decidió claudicar (cómo lo envidio ahora) a la causa americanista. Ese día también, por primera vez, entendí que era posible –no sin arriesgar una seria confrontación– disentir con mi padre. El segundo recuerdo tiene que ver con una semifinal que disputaron las Chivas y el América. Esperé toda la semana que llegara el partido y esperé también, sentado en el deprimente bar de un hotel (donde habíamos quedado de vernos para ir de ahí al Azteca), a que llegara mi papá. (He de confesar que mi berrinche hizo que nos llevara a ver el segundo tiempo, donde sucedió el épico gol de Toñiño, a pase de rabona de Edu, en un categórico 3 a 0 del América). Ese día tuve conciencia por primera vez de la directa y lineal relación que había y habría en mi vida entre los desapegos de mi padre y mis necesidades personales. Para redimir las dos primeras anécdotas, también he de decir que el momento más jubiloso de mi relación con él llegó con el segundo gol de Luis García ante Irlanda, en el mundial de Estados Unidos 1994, que celebramos juntos en un estadio en Florida.

A pesar de que he aprendido a ver el deporte de manera más sofisticada a través de los ojos de sabios futboleros como Manuel Vázquez Montalbán, que en Futbol, una religión en busca de un Dios, muestra el mecanismo de idolatría que comparten la religión y los fanáticos desbocados del futbol. O como Vladimir Dimitrijevic, que con tino compara a los novelistas con los grandes goleadores de raza como hombres cuya energía está impulsada por la obsesión alrededor de una sola idea en la cabeza (el gol para unos, la inquietud que adquiere forma a través de la literatura para los otros). O por supuesto Juan Villoro y sus magistrales crónicas en Los once de la tribu o en Dios es redondo. Pero recientemente encontré en un libro un sustrato que me hizo entender el juego de otra manera y que ha devenido en un creciente desdén por el deporte profesional: estoy hablando de Elogio de la belleza atlética, de Hans Ulrich Gumbrecht. Este maravilloso texto despoja al deporte de su carácter superfluo (cuestiona un poco esta vieja sentencia alemana de que el deporte es “la más bella entre las actividades marginales de la vida”) y recupera el carácter épico –sagrado, diría Roger Callois– del desempeño atlético en sus múltiples variantes. No sólo recuerda momentos en los que ha tenido un papel central en el devenir histórico del mundo, como las célebres olimpiadas en Berlín en 1936, que vieron el conmovedor desafío de la raza afroamericana a Adolf Hitler, o el mundial que ganó este mismo país en 1954 y que supuso el final de la posguerra, sino que entra en aspectos más profundos como recordar que los poemas de Píndaro, que dieron origen en buena medida a la poesía europea, eran sobre las gestas de los grandes atletas.

¿Qué queda hoy en día de esta dimensión sagrada del juego, que redime el concepto del fin de un acto por el acto mismo, sin esperar tacañamente beneficios ulteriores, y que dibuja la capacidad del hombre de tejer ficciones y asignar sentidos en la vida que lo conlleven al más desbordante júbilo? Muy poco. El periodista deportivo Mihir Bose publicó recientemente en el Reino Unido un libro llamado The spirit of the world: How sport made the modern World, en el que se plantea lo siguiente: el deporte perdió todo su carácter lúdico cuando se transformó de una actividad recreativa hacia un modelo de corporaciones masivas. Bose encuentra el origen en la guerra fría y en la utilización de los deportistas comunistas como medios para promover la propaganda soviética.

Ahora que el dinero ha borrado la política de las prioridades de los estados, los intereses financieros han desplazado a los mandatos políticos en los escenarios deportivos. Si antes el gobierno chino podía exigirles a sus jugadores de ping pong que perdieran ante sus rivales estadounidenses para aliviar tensiones diplomáticas, hoy las estrategias tienen todo que ver con motivos económicos. Y aunque aún hay pequeñas excepciones como la conmovedora imagen de Mandela enfundado en un jersey de rugby sudafricano como símbolo de unidad nacional, la verdad es que la enorme mayoría de los deportistas son ridículos y estereotipados metrosexuales que representan el pináculo del grotesco y frívolo modelo de acumulación al que estamos sujetos la mayoría de los ciudadanos del mundo. Quizá por eso me importe mucho más el destino de mi equipo de los sábados que el marcador por el cual pueda perder o ganar el América, el Barcelona o, incluso, la Selección Nacional.

Por Diego Rabasa. Editor, columnista y por si fuera poco, americanista.

Imagen: Futbol llanero, origen de todo. Fotografía de Francisco Villeda Marañón.

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