Artículos Destacados

EL REY DEL HORROR

POR BERNARDO FERNÁNDEZ, BEF

Existe, ya lo he comentado en este espacio, una larga tradición del cuento sobrenatural en la literatura norteamericana. Proviene, seguramente, de la narrativa inglesa, escocesa e irlandesa. Nombres como Mary W. Shelley, Algernon Blackwood y Sheridan Le Fanu vienen a la mente de inmediato. Sin embargo fue Edgar Allan Poe (1809-1849) quien habría de plantar la semilla del moderno cuento de terror en la narrativa anglosajona. Y no sólo de terror, también del policiaco y de la ciencia ficción, razón por la que lo tengo en un altar, como he dicho en múltiples ocasiones. Poe no fue un escritor exitoso. Su trabajo era visto con desdén por más de un crítico y ciertamente nunca logró vivir desahogadamente haciendo aquello que mejor sabía ejecutar: contar historias tenebrosas. Como se sabe, murió en la miseria después de una terrible borrachera de tres días que lo llevó a la tumba. Ay, Edgar, quisiera creer en los fantasmas sólo para pensar que desde ultratumba puedes disfrutar de tu éxito póstumo. Estoy seguro de que también habrías visto con gusto la manera en que germinó tu legado. 

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¿EL REY?

POR ANTONIO MALPICA

 

Aquiles: ¡Oiga! ¡Felicidades! ¡Esto hay que celebrarlo!
Tortuga: Ni me diga. Estoy deprimido. Me quiero morir.
Aquiles: ¿Pero qué le pasa? ¿No era eso lo que quería? ¿Ganar la copa?
Tortuga: Ganar sí, no que me endilgaran títulos que ni al caso.
Aquiles: ¿Cómo no va a venir al caso? ¡Si yo lo vi! Su interpretación de “All along the watchtower” fue espectacular. Ni Jimi Hendrix.
Tortuga: Gracias pero… ¿”El rey”? ¿En serio? ¿”El rey”? 
Aquiles: Bueno. Tal vez el editor de la revista se entusiasmó al calificarlo así pero... ¿cuál es el problema?
Tortuga: Lo más cerca que he estado de la realeza fue cuando de niño descubrí a los santos reyes tropezándose a media sala con todo y mi Escalextric.
Aquiles: ¿Qué? ¡No me diga! ¡Cuénteme!
Tortuga: Espere, que esto es serio. El problema, escuche, es que hasta el día del concurso yo lo disfrutaba. Mucho. Y ahora que soy “el rey”, no sé, es demasiada responsabilidad. Todos van a querer medir fuerzas conmigo. Maldito el día que se me ocurrió participar.
Aquiles: Exagera. Disfrute su reinado. No cualquiera es nombrado “rey” de algo todos los días. Así sea en la sección musical de la revista “Tips fiscales”.
Tortuga: ¿No lo ve? Todos los reyes terminan mal. 
Aquiles: Bueno… no piense en la cabeza de Luis XVI rodando por el suelo en este momento.

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ENTRE LA REALEZA Y LO IRREAL

POR KAREN CHACEK

En el reino de los libros infantiles no todo lo que parece fantasía lo es. Su Majestad, de Marie-Ange Guillaume y Henri Galeron (Oceano Travesía), es una prueba de ello. El libro relata con pelos y señales las costumbres extravagantes de su alteza serenísima, que reina en miles de hogares en todo el mundo. Su Majestad dispone de todo a su antojo, sea un sofá, el armario, la sopera traída de China o la almohada de su persona favorita. Somete a los habitantes de la casa a su voluntad. Tiene una extraña sensibilidad artística que utiliza para redecorar los espacios. Su paladar refinado celebra los platillos reservados para las ocasiones especiales. Podrá parecer indiferente al mundo, pero es porque su definición de la palabra cortesía es algo distinta a la tradicional. Y aunque todo esto que has leído te suene a cuento, créeme: lo que se describe en el libro es todo verdad.

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EL REY NO HA MUERTO: QUE VIVA EL REY

POR ERICK ESTRADA

Prácticamente todas las culturas reconocen una conexión entre lo divino y el hombre en la cima del poder, ya sea este un rey, un emperador o un faraón. A veces la conexión es de descendencia, otras (como la de los jefes indios) de mera comunicación. Los que hablan con los dioses o los que vienen de los dioses se encargan de llevar a sus pueblos al mejor de los destinos.

Pero el poder, especialmente el que conecta con la divinidad, envenena y la primera víctima de esa inyección letal es la razón. Se nubla, se distorsiona, hace que su antiguo dueño escape de sus paredes y abandone a sus gobernados o los lleve, incumpliendo su labor, al peor destino. No hay nada en medio. No hay reyes medio locos que hayan hecho el bien ni completamente cuerdos que hayan destruido a sus pueblos. No hay reyes desquiciados que consigan la gloria, ni mediocres que consigan el éxito por casualidad. Entre rey y rey no hay nada.

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EL PODER Y SUS ATAJOS

POR DIEGO RABASA

“¡Una pulga! ¡Es espantoso! ¡Qué día!”
Hamm en Final de partida, de Samuel Beckett.

“Páguele al Artista”, se escucha desde el fondo del salón. El borrachín en el centro de la escena, el que increpa y molesta al músico, guarda un momento la calma mientras su aturdido cerebro calibra el peso de la voz que acaba de escuchar. A pesar de que el inconfundible tono de voz que lo amenazaba era el del Rey, Lobo, el ebrio, se envalentona y responde: “Cuál artista –dijo–, aquí nomás está este infeliz, y ya le pagué”. “No se pase de listo, amigo –endureció la voz el Rey–, páguele y cállese”. “A usted lo conozco. He oído lo que dicen”, aventura Lobo, sin sospechar que esas temerarias e imprudentes palabras serán sus últimas. “Pues no, no creo que hayas oído nada. ¿Y sabes por qué? Porque los difuntos tienen mal oído”. El Rey le vació la pistola a Lobo. El cuerpo de Lobo, ya sin ese espíritu fanfarrón que lo locomocionaba se desploma al piso… El Artista –que de tonto sólo tenía el aspecto– se percató de que sus días de ser quien era habían terminado, había conocido al Rey, y como un planeta que desvía su trayectoria gravitacional tras el paso de un cometa gigante, su órbita acababa de cambiar; ahora estaría ligada por siempre al astro rey.

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