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"NO VOY A HABLAR DEL DIARIO DE ANA FRANK"

POR BERNARDO FERNÁNDEZ, BEF

Pocos recuerdan el nombre de Robert Aickman. Se trata de un escritor inglés de literatura fantástica metido en la tradición anglosajona de lo oscuro. Aickman, quien murió en 1981, escribió un cuento que le valió en 1975 el World Fantasy Award, que es algo así como el Óscar de la literatura fantástica.

La narración de marras se titula “Páginas del diario de una adolescente” y cuenta en primera persona un viaje de Inglaterra a la Europa continental de una muchachita en algún punto indeterminado del siglo XIX. Se trata de una historia ambiental, situada en castillos oscuros poblados por decadentes personajes a los que la chica registra con tanto asombro como rigor. Lo que empieza como un diario de viaje se convierte poco a poco en la crónica de la transformación vampírica de la narradora, todo envuelto en una atmósfera sofocante que recuerda mucho a escritores como Sheridan Le Fanu, Algernon Blackwood y Henry James. Un cuento inquietante, cuyo final abierto me dejó profundamente impresionado cuando lo leí de niño, hace más de treinta años, y cuyas sombras escurridizas siguen resonando en mi recuerdo.

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¿APUNTASTE ESO, TEODORO?

POR ANTONIO MALPICA

Aquiles: ¿Y este quién es, si se puede saber?
Tortuga: Camina junto a mí, Teodoro. El chiste es que no pierdas detalle.
Aquiles: ¿Va a acompañarnos a La Bodeguita? Pero si no ha de tener ni catorce.
Tortuga: Tiene trece y medio, de hecho; le podemos pedir una Lulú de grosella. Cuidado al cruzar, Teodoro, cuando estemos pasando una calle puedes dejar de apuntar, tampoco hay que caer en el fanatismo.
Aquiles: ¿Qué es lo que tiene que apuntar o qué?
Tortuga: Váyase acostumbrando a él porque, a partir de hoy, lo va a ver muy seguido por estos rumbos.
Aquiles: No sé porqué empiezo a sentir esa comezón que me da cuando usted... umh... ¿A qué se refiere exactamente cuando dice “estos rumbos”?
Tortuga: Ya le puse un catre en la casa. Y le compré su propio cepillo de dientes. ¡Atento, Teodoro!
Aquiles: ¿Catre? ¿Cepillo? ¿De qué me perdí si sólo salió a sacar copias?
Tortuga: Teodoro, no te pago por voltear a ver a cualquier señora de formas generosas que pasa a nuestro lado. Bueno, okey, no te estoy pagando, pero tú me entiendes. ¿Decía?
Aquiles: Decía que, o me explica, o de una vez compro el aviso de ocasión y busco un lugar en renta.
Tortuga: Verá. Este mocoso de escuálida figura que no tiene permiso ni de decir esta boca es mía es, a partir de hoy, mi biógrafo particular.

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BIOGRAFÍAS LLENAS DE BUENAS, INSÓLITAS O MUY MALAS IDEAS

POR KAREN CHACEK

Si tú, querido lector, eres de los que van a la librería y le piden al encargado que les recomiende una historia con un “buen mensaje”, un derroche de valores y nada de ideas atrevidas… Historia de un niñito bueno / Historia de un niñito malo (FCE), definitivamente, no lo comprarás nunca. Este libro de Mark Twain incluye dos biografías y en ninguna de las dos narraciones los eventos suceden como “debieran”. En el primer relato conocemos a Jacob Blivens, un niñito bueno que siempre obedecía a sus papás y hacía sus tareas. Nunca se iba de pinta. Jamás mentía. Leía todos los libros de la escuela dominical y soñaba con ser un niño tan bueno como los protagonistas de los cuentos. ¿Adivina qué recompensa recibía por hacerlo? ¡Ninguna! El bienintencionado de Jacob la pasaba fatal. Hiciera lo que hiciera, no importaba cuán noble o bueno fuera su acto, terminaba metido en problemas. En cambio Jim, el niñito del segundo relato, nunca escuchaba esa vocecita aguda en su cabeza preguntándole: ¿Crees que esté bien desobedecer a mamá?. ¡Qué va!, Jim no escuchaba eso, mucho menos prometía dejar de hacer travesuras. Jamás se rompió un brazo robando manzanas, ni fue mordido por un perro, ni se arrepintió de ser malo y luego se hizo bueno. A él todo le salía de maravilla. Eso sí, las tundas que le daba su mamá estaban a la altura. Sí, de ese tipo de historias filosas que despiertan en nosotros, lectores, toda clase de preguntas “irritantes” que, tarde o temprano, nos empujan a convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos. Por cierto que, volviendo al libro, las ilustraciones de Ricardo Peláez son una joya.

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EL CINE DIARIO

POR ERICK ESTRADA

Nunca me interesó llevar un diario. Desde niño, cierto espíritu hippie a mi alrededor me orilló a despreciar el pasado y a no confiar en nadie de más de veinticinco años, es decir, la representación del futuro. Claro, ese tipo de cantos de guerra pierden validez cuando uno cumple veinticinco y el futuro te alcanza. El horizonte cambia de color y uno depende casi exclusivamente de las fotos de cumpleaños y picnics que los tíos tienen guardadas, y de la memoria infantil-adolescente que, claro, es más borrosa que una noche de niebla.

Después, conforme la vocación encuentra camino, uno se da cuenta que los apuntes de la carrera, de la preparatoria, trabajos entregados a los profesores favoritos; que varias noches en vela garabateando frases en hojas que desaparecen y surgen de la misma niebla en otra montaña para ser redescubiertas como paseos mentales en busca de inspiración, sirven también como pequeño registro de esos convulsos y acelerados días. Son una especie de diario encriptado, flechazos retadores para un Sherlock hiperactivo.

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NARRA, MEMORIA

POR DIEGO RABASA

¡Qué pequeño es el cosmos (bastaría la bolsa de un canguro para contenerlo), qué baladí y encanijado en comparación con la conciencia humana, con el recuerdo de un solo individuo, y su expresión verbal!  Vladimir Nabokov, Habla, memoria

En su ensayo “El flautista en el pozo”, el escritor Charles Simic dice: “Todas las cosas del mundo, profanas o sagradas, deben ser reexaminadas una y otra vez a la luz de la experiencia personal”. La construcción de un universo propio y único es un elemento esencial no sólo para el desarrollo de una obra sólida y honesta, sino para una existencia consecuente. La vida de un escritor puede ser tan interesante y emocionante como la de cualquier personaje literario o tan anodina y simple como la del más terrenal de los mortales. No es necesario tener una vida colmada de aventuras como la de Jack Kerouac, Catherine Millet o Hunter S. Thompson para ejercer un embrujo ante los lectores al relatar tu propia vida. La simple manera de encarar la existencia, la forma de reunir los acontecimientos que dan forma a ese velo que llamamos el yo, los mecanismos de reflexión, el ejercicio de la memoria, pueden resultar cautivadores aun si se lleva una vida simple e insulsa. Si la mente de una persona me interesa –dice el ensayista norteamericano Philip Lopate– la seguiré a donde vaya. 

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