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EL VIEJO TÍO BILL

POR BEF Bernardo Fernández, Bef. Novelista gráfico y no gráfico.

Hablando de vicios, no hay autor que le gane a William S. Burroughs. Ni el comedor de opio de Thomas De Quincey, ni el dipsómano suicida de Edgar Allan Poe, ni el atascado de Charles Baudelaire, ni el borrachote de Malcolm Lowry y ni siquiera el gran Charles Bukowski pueden hacerle frente al forraje para las sustancias prohibidas del nieto de la máquina sumadora.

Nacido en San Luis Missouri en 1914, Burroughs no fue lo rico que muchos pensaban (su abuelo había vendido la patente de la máquina sumadora), pero jamás tuvo que preocuparse por el dinero. Vinculado a la escena bohemia neoyorquina en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, Burroughs sintió debilidad por los bajos mundos de la Gran Manzana. Aunado a su homosexualidad que mantenía en secreto, William se aficionó al ambiente pesado donde era común el uso recreativo de toda clase de sustancias tóxicas. En Junky cuenta sus primeras experiencias con la heroína, relación de amor-odio que habrá de definir su vida entera. 

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DOS PELÍCULAS ADICTIVAS

POR ERICK ESTRADA: Director editorial de cinegarage.com, portal dedicado al cine, y colaborador en la estación de radio Reactor.

Vicio. Algo que suele torcer la realidad de quien lo padece. Algo que se hace de manera compulsiva y que en consecuencia se transforma en perjudicial. El vicio, podemos decir entonces, es uno de los signos de la decadencia.

Si el vicio es un signo de la decadencia, tarde o temprano la vergüenza se vuelve su compañera. Hay a quien le avergüenza la decadencia y hay a quien le avergüenza la decadencia propia. No extraña que una reflexión alrededor del vicio y de la decadencia que lo hace visible lleve por nombre Vergüenza (Shame en inglés) —aunque en un país tan puritano como México haya sido risiblemente bautizada como Deseos culpables—. A través de ella y como pocas veces especialmente en estos tiempos, conocemos a un hombre enviciado con el sexo. Debe practicarlo todo el tiempo, con quien sea, consigo mismo si no hay otra salida.

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¡HASTA ENCONTRAR LA (HIC) VERDAD!

POR ANTONIO MALPICA: Rollero, chorero y cuentero por vocación, ingeniero por equivocación, escribe para niños de 9 a 99, toca horrible el oboe pero en el piano dicen que se defiende. No tiene problema con la llegada del fin del mundo, siempre y cuando no lo agarre a media ducha. Y le va a los pumas.

Aquiles: ¡Deje eso de una vez, se lo suplico!
Tortuga: No puedo.
Aquiles: ¡Tiene que dejarlo o se va a volver loco! ¡Como que yo mismo llamo al hospital siquiátrico!
Tortuga: ¿Y cree que me importa? ¡Acaso sea ese el precio justo por conocer la verdad!
Aquiles: ¿Por qué nuestro whisky de malta está a la mitad? No me diga que...
Tortuga: No haga panchos. Es MI mitad la que falta. ¡Oh, verdad esquiva!
Aquiles: ¡Verdad mis calzones! Estoy por arrojar ese libro por la ventana. Ese vicio suyo es el peor de todos los vicios.
Tortuga: Lo que me recuerda una línea de La cantante calva. Acaricia un círculo... en lo oscuro de un cine... y se volverá vicioso.
Aquiles: ¿En lo oscuro de un qué? ¡Oiga! La cita, que yo recuerde...
Tortuga: ¡Círculo cochino!¡Qué pensaría tu mamá si te viera!
Aquiles: Debería acostarse. Medio litro de whisky y, además, dos días sin dormir... es mucho hasta para usted que se obsesiona como un loco.
Tortuga: ¡Usted! ¡Usted es la única persona que conozco que llame vicio a la obsesión!
Aquiles: ¡Deje eso de una vez, se lo suplico!

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QUÉMESE DESPUÉS DE LEERSE, O NO

POR KAREN CHACEK: Guionista y escritora. Nació en D.F. un sábado de junio. Se acompañó en la infancia de cómics, series de TV y libros de fábulas.

Afortunadamente, no todos los libros infantiles que abordan de manera directa o indirecta el tema de los vicios son folletos pedagógicos de esos que toda excursión escolar debiera llevar a los campamentos, para repartir entre los niños a la hora de la fogata: ¡son un excelente material inflamable! Yo tengo algunos títulos favoritos que con gusto mencionaré en otra ocasión. Ahora prefiero citar unos cuantos libros que abordan el tema de los vicios desde una perspectiva original. 

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EL VICIO DE LA AMBICIÓN

POR DIEGO RABASA: Editor, columnista y por si fuera poco, americanista.

Creo que sería necio e inútil trazar un argumento a favor del tórrido romance que ha habido entre las artes y los vicios más diversos. El juego Fyodor Dostoievski. El alcohol tiene estupendos representantes como Truman Capote, Dylan Thomas, Charles Bukowski, Raymond Carver, William Faulkner, Ernest Hemingway, Marguerite Duras y un largo etcétera. En el hachís está Baudelaire. En el opio por supuesto De Quincey. En la cocaína Robert Louis Stevenson. En la bencedrina Jack Kerouac. En la heroína William Burroughs. En la mezcalina Aldeous Huxley. En el LSD Hunter S. Thompson. Y en el peyote, por supuesto, Carlos Castaneda. He dejado fuera a uno cuya obra me parece que tiene todo, absolutamente todo, que ver con este estado que él mismo describe como de “fantasmagoría inspirada por el mezcal”: Malcolm Lowry por supuesto. Veamos la lectura que un hombre no intoxicado (un dictaminador de textos) hizo de una de las novelas cumbre de la historia de la literatura: “El autor divaga excesivamente. El libro es demasiado largo y demasiado elaborado en relación con su contenido, y podía haber sido mucho más efectivo de haberse reducido a la mitad o a las dos terceras partes de su extensión actual. El autor se ha propasado y se ha entregado a excentricidades lingüísticas y a un excesivo flujo de conciencia”. ¿Es necesariamente más lúcida la mente sobria?

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