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¿MUJERES? MUJERES, RESPONDIERON LOS EDITORES

¿Mujeres?, pregunté. Mujeres, respondieron los editores. Un tema tan amplio que es casi un no tema. ¿Qué sobre las mujeres? ¿La vida de alguna escritora? ¿Libros escritos por mujeres? ¿Personajes de libros? Si fuera lo primero quizá me iría por Emily Dickinson, la extraña poeta de la naturaleza que durante la última etapa de su vida prácticamente no salió de su cuarto. Una mujer que era capaz de percibir los peligros de la alienación mental (“The Mind is so near itself –I cannot see, distinctly–…”) y ver, sin embargo, sucumbir sus ansias sociales ante la fascinación de su propia locura (“Much madness is divinest sense…”). Pero no, tal vez algo más coyuntural es preciso, sólo tal vez porque en realidad uno nunca sabe qué es preciso hasta que es demasiado tarde para corregirlo.

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EL DIABLO EN SU INFIERNO

La relación entre sexo y literatura es un tema tan amplio que se antoja inabarcable. No hay tradición literaria ni mito fundacional en el mundo que no estén llenos de referencias a aquello que como bien atisbaron Freud y Darwin es el motor de la existencia. Por ello hoy me permitiré hablar de apenas un puñado de libros sobre el tema. Un pellizco a una bibliografía gigantesca a la que difícilmente se le puede hacer justicia en un espacio tan breve.

El primero de ellos es El Decamerón de Giovanni Bocaccio, poeta italiano de finales de la edad media. Acaso sea lugar común traerlo a colación cuando se habla de sexo, pero como buen clásico esta joya de la literatura medieval es difícil de superar. La historia es simple: diez jóvenes nobles, siete mujeres y tres hombres, se refugian en un castillo huyendo de la peste bubónica, cerca de la Florencia natal del autor. Para pasar el tiempo, cada uno cuenta diez historias. Y aquí es donde Bocaccio se da vuelo. Se permite sentar las bases de la cuentística como la conocemos hoy en día echando mano de una concupiscencia plagada de humor (si bien la tragedia no es ajena a los cuentos del libro).

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LA TRILOGÍA DE LA VIDA

El desnudo como declaración de principios, el sexo jovial, sin ataduras ni remordimientos, la piel bajo la luz del sol, o decorada con los tonos que otorgan las velas. Las sonrisas, horizontales y verticales; las caricias, el vello latente y el vello expuesto, las curvas y los pliegues, los susurros y los lamentos gozosos. Solamente un poeta entero como Pier Paolo Pasolini pudo haber construido tres películas, una detrás de otra, dedicadas por completo al sexo, al gozo y al éxtasis, al deleite de los sentidos. Sólo él pudo encapsular tantas historias de amor –a uno mismo y a los demás- para que posteriormente se conociera a ese periodo como La trilogía de la vida.

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LA LUZ, LOS LIBROS Y EL SEXO

Los libros se parecen en un sentido ontológico a la luz. Si resistieron la primera evocación que dicha alegoría ofrece y no se están arqueando por lo cursi y estereotipado de la misma, explico a qué me refiero: la luz existe sólo en movimiento. Cuando la mancha de tinta está sepultada entre papel, el conocimiento es oscuridad. En el momento en el que entra en contacto con su complemento natural, el lector, el conocimiento se mueve y arroja luz. Así el lector es pieza fundamental de la creación literaria, es el propulsor que le brinda el carácter luminoso a la palabra, al conocimiento. Y como es la fuerza que produce la inercia bestial que desata la concatenación de palabras para formar imágenes, sonidos, olores, sabores en la mente, también es artífice de su rumbo. Así como nadie puede visitar el mismo río dos veces, nadie puede leer el mismo libro. Esta propiedad casi metafísica de la lectura adquiere un talante especialmente deslumbrante cuando encuentra conexiones dentro de la memoria que generan un eco, una reverberación de ideas que producen un conocimiento nuevo en la mente del lector. Estas solidaridades misteriosas son únicas e irrepetibles en la mente de cada uno. Son una especie de huella dactilar del intelecto y del espíritu. Por ello, han señalado hombres brillantes como William Hazlitt, la pretensión del conocimiento es tan burda como absurda. Retengamos esta idea por un momento.

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LA TORTUGA Y AQUILES

Tortuga:    Sicalíptico, le digo.
Aquiles:    Insiste usted. ¿De dónde saca tal idea?
Tortuga:    Ábralo al azar. Lea al azar. Saque usted su conclusión.
Aquiles:    “Pero este roce en el umbral de mi cuerpo me sacudía de los pies a la cabeza en una sola frenética convulsión de placer y, en el momento mismo del sufrimiento y del goce...”
Tortuga:    ¿Qué me dice?
Aquiles:    Que está bastante bueno. ¿Quién lo escribe?
Tortuga:    Ahí está el problema. Anónimo. Si no fuera cochino y procaz lo habría firmado con su propio nombre. ¿No cree?
Aquiles:    “El maorí excitado me llevaba a su choza, me echaba en el jergón, luego me arrancaba el taparrabos...” Está bueno. Cruel Zelanda. ¿Me lo presta?
Tortuga:    Uno lee terror para espantarse. Aventuras para emocionarse. Romance para imaginar que la vecina del ocho responderá algún día a los piropos que le hace uno en el ascensor. Pero... ¿eso?

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