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LOS PASOS DE JORGE

POR BERNARDO FERNÁNDEZ, BEF

No recuerdo haberme reído más con la lectura de ningún otro escritor mexicano que con los libros de  Jorge Ibargüengoitia. Y eso que en mi casa paterna se leyó con avidez a Marco A. Almazán, espléndido humorista, discípulo de Enrique Jardiel Poncela, que publicó más de treinta libros que fueron best sellers y que hoy yace en el cajón del olvido literario. (Dicho entre paréntesis, la obra de este diplomático metido a cuentista merece ser rescatada de la ignominiosa desmemoria, ¿algún editor que se anime?).

Con don Jorge pasa todo lo contrario. Su caso es peculiar en nuestras letras. Al parecer el único que no pensaba en su obra como humor era el propio Ibargüengoitia. Cuenta la leyenda que se molestaba mucho cuando alguien le decía que sus libros eran muy divertidos. Que se indignaba y decía que él no escribía chistes, que la vida era así.

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A REÍRSE DEL CINE

POR ERICK ESTRADA

Los domingos en la mañana eran una delicia. El desayuno duraba prácticamente una hora y esa hora se dividía entre los hot cakes que llegaban perfectamente cocinados a la sala (porque en fin de semana se podía desayunar frente a la tele), y las películas de Canal Once, todas en blanco y negro y en las que desfilaban El Gordo y El Flaco en una extraña mezcla de agilidad extrema y torpeza contenida. 

Con todo, quien probablemente esperaba con más ansia el comienzo del programa era mi madre, cinéfila entusiasta y amante de la risa. La razón era (o es, porque seguro los revisa en su casa) que los famosos Laurel y Hardy tenían en algunas de sus películas “escenas de risa”. Claro, lo suyo era el slapstick fino y las historias cortas alargadas gracias a un magnífico uso del absurdo. Pero de vez en cuando las obligadas repeticiones de la tele de esa época nos dejaban ver de nuevo a la pareja haciendo una de las comedias más surrealistas jamás documentadas: la de hacer reír riendo.

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¡ES PARA MORIRSE DE LA RISA!

POR ANTONIO MALPICA

Aquiles: Ejem... ya terminé.
Tortuga: Excelente ¿Y qué le pareció?
Aquiles: Apague la televisión, que esto es serio. Y nos llevará tiempo.
Tortuga: Me gusta la gravedad con la que lo dice.
Aquiles: Pues a mí no. ¿Por qué no me hizo caso? ¿En qué demonios estaba pensando?
Tortuga: Bueno, no se ponga así. ¿Le gustó la escaleta o no?
Aquiles: ¡Le dije que variara el tono! ¡Vaya manera de querer desperdiciar una idea tan humorísticamente buena! Un abuelo de la Narvarte que es idéntico a Benedicto XVI. ¡Y usted lo convierte en un personaje trágico!
Tortuga: ¿No le parece lo suficientemente trágico? Imagine la escena. Hay humo blanco en el Vaticano. El cardenal Ratzinger es elegido. Y Don Faustino, mi abuelo comunista, amante de los toros y nostálgico de los boleros, mira el suceso en la tele y dice: “¡Por las barbas de Lenin! ¡Soy el Papa!”
Aquiles: ¿Qué tiene eso de trágico? ¡Es para morirse de la risa! 
Tortuga: No me venga a mí con eso. Hay que ser serio si se quiere trascender. ¿Cuándo cree que le van a dar un Óscar a Adam Sandler o un Nobel a Pratchett? 
Aquiles: ¿Y a quién le importa? Le aseguro que no a ellos. Igual se llenan los bolsillos de pasta. 
Tortuga: Ya se lo dije. Trascendencia. Además ya tuvimos antes esta plática sobre la risa, si mal no recuerdo.

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DEL JA AL JAJA AL JAJAJA AL JAJAJAJA

POR KAREN CHACEK

Hay de risas a risas: las que son como fuegos artificiales —explosivas, coloridas y ruidosas—pero que solamente duran segundos. Las que arden como un piquete de abeja, pero que son tan disfrutables que te desclavas el aguijón y sigues jugando en las proximidades del pan dulce. Las que te dan dolor de estómago de tan crueles —y pese a que te hacen retorcerte como un gusano bajo la lluvia de un jugo de limón, te encantan. Las que son como remolinos en el océano, circulares y profundas, te acompañan silenciosas revolviéndose en tus entrañas y pueden durar horas, días o meses. 

¿Cómo se te antoja reírte hoy? La columna de este mes rinde honores a cuatro libros magníficos para detonar alguno de los cuatro tipos de risa citados más arriba.

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ESCAPAR DEL MUNDO

POR DIEGO RABASA

El filósofo esloveno Slavoj Žižek define la risa como “la metástasis del goce”. El pensador francés Clément Rosset ubica la risa como una de esas extrañas y fugaces zonas de la experiencia humana donde lo real se manifiesta sin intermediaciones, sin pálidos dobles, un instante en el que el mundo se muestra abierto y se vive en todo su fulgor. Ninguna de estas nociones, por precisas que sean, puede hacerle honor al término que intentan definir. La filosofía –espacio por excelencia de la reflexión– se aleja de ese estertor híper espontáneo en el que el cuerpo responde a una situación que lo descoloca. En la literatura, en cambio, podemos encontrar un terreno más fértil, no para pensar en ella pero sí para experimentarla. En el siglo XX hubo en nuestro país grandes, grandísimos maestros de la prosa cómica en cuya cumbre se encuentra Jorge Ibargüengoitia pero cuyos acólitos supieron trasladar la guasa incluso a los terrenos de la crónica y el ensayo; Salvador Novo y Carlos Monsiváis son dos ejemplos inmejorables de ello.

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