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TODOS SOMOS PRISIONEROS AQUÍ

POR BERNARDO FERNÁNDEZ, BEF

Hoy vengo con mi traje de novelista gráfico.

Novela gráfica en un término llevado y traído, ahora bastante de moda. Se producen, editan y distribuyen novelas gráficas. En nuestras librerías ya hay estantes dedicados a este formato (como sucede hace décadas en Argentina y España) y algunas editoriales nacionales voltean hacia el talento local para publicarlos. Eso no sucedía hace veinte años.

Hoy no quiero hablar específicamente de la escena local. Me interesa un libro que aborda el tema del encierro, narrándolo con la prodigiosa combinación de palabras e imágenes que son los cómics.

Me refiero a Maus (1986), novela gráfica de Art Spiegelman, historietista norteamericano que en un tour-de-force picto-secuencial recoge el testimonio de su padre, sobreviviente de guerra, sobre su paso por Auschwitz, el horroroso campo de exterminio nazi en Polonia. El libro se publicó en dos partes, la primera mitad en 1986 y se completó con un segundo volumen en 1991. En esos años causó gran sorpresa y admiración, especialmente en los círculos ajenos a los cómics. Fue este ambicioso volumen de casi 300 páginas lo que habría de posicionar el formato de “novela gráfica” en la atención del público lector no especializado en historietas. De aquel entonces hasta ahora se ha convertido en un referente (casi) universal de lo que debe ser una novela gráfica.

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EL ENCIERRO... Y EL HORROR

POR ERICK ESTRADA

El encierro en el cine normalmente significa limitación, tensión, horror. Por muchos años el cine trató de escapar de sus propias limitantes y salir de esa pequeña caja oscura en la que la magia hacía que las fotos se movieran. Costó mucho trabajo darle movilidad al encuadre, desplazar la cámara y sumar información con movimientos y re-emplazamientos. Ir al lado contrario, al encierro, representa desesperación, atar a la bestia y ocultarla de la luz.

Saber que un personaje vive en la oscuridad de un espacio reducido comunica algo de maldad. Encerrado vivía el Coronel Walter E. Kurtz, escapando de los horrores de la guerra de Vietnam, construyendo uno propio en una habitación de un gigantesco palacio. En Apocalipsis ahora (1979) el horror del que se habla hacia su final llega desde esas cuatro oscuras y húmedas paredes que chocan con la operística y grandilocuente guerra allá, en una jungla interminable a la que todo el planeta mira con atención. Sin ver el rostro enfurruñado de Marlon Brando -que interpreta a Kurtz- sabemos de su locura al enterarnos que vive encerrado y conocemos el peligro de Benjamin L. Willard cuando vemos que su espacio se reduce conforme se acerca al violento Minotauro que debe capturar.

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AL FONDO A LA DERECHA

POR ANTONIO MALPICA

Tortuga: Bueno... ¿es que no piensa salir ni a hacer sus necesidades?
Aquiles: ...
Tortuga: Ya pasan de las diez de la noche. ¿Cuánto lleva ahí dentro? ¿Tres horas? ¿Tres horas y media?
Aquiles: ...
Tortuga: ¿Qué quiere que le diga? Era imposible que supiera que estábamos cortejando a la misma dama, usted por mail y yo por skype. ¡Imposible, le digo!
Aquiles: ...
Tortuga: Si le sirve de consuelo, tiene un tic nervioso un poco desconcertante. Se rasca todo el tiempo debajo de la nariz como si le picara el mostacho. Se lo juro. Claro que, con un cuerpo como ese... aunque tuviera barba de candado.
Aquiles: ...
Tortuga: Bueno. De todos modos ya perdí mi cita con ella. ¿Lo vio? Hace como dos horas que me espera en el bar que le dije. Ya debe haberse decepcionado y largado. ¡Para que vea en lo mucho que valoro nuestra amistad!
Aquiles: ...
Tortuga: ¡Oiga! ¡Siquiera responda! Déjeme decirle que ese desplante suyo de “no saldré hasta que reúna las piezas de mi lastimado corazón” no sólo es cursi sino impropio de cualquiera que se denomine poeta.

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LA PALABRA "ENCIERRO" TIENE SU CORAZONCITO

POR KAREN CHACEK

Encierro, qué palabra más desdichada, de las menos populares del diccionario. Ojalá exista un grupo de autoayuda para palabras estigmatizadas. Encierro sí que lo necesita. No debe ser fácil caminar en sus letras, con todas las connotaciones negativas que la sociedad le deposita diariamente. Hablando al aire, es probable que casi ocho de diez personas asocien la palabra encierro con cárcel, atadura, restricción de la libertad. Sí, en muchos de los casos, tal ecuación habrá de resultar de lo más acertada. Pero, en otros tantos, un encierro puede suscitar justo lo opuesto a un cautiverio. ¿Cuántas de las vivencias fantásticas que nutren la infancia —y que después quedarán inmortalizadas en el Salón de la Fama de los recuerdos favoritos de una vida— suceden bajo una circunstancia de encierro? ¿Acaso hay mejor oportunidad para viajar a un mundo paralelo que el encontrarse encerrado en un dormitorio, una clase aburrida, un coche en movimiento, un avión en vuelo, un elevador atascado, un dolor de panza o una imagen impresa? Hay quienes emprenden el viaje a otros lugares escabulléndose por una grieta en el techo, otros traspasando el cristal de una ventana, algunos cerrando los ojos y otros más entrando por la puerta de un libro. Es así, ciertos sucesos extraordinarios sólo pueden producirse mientras se habita un encierro. A continuación, tres buenos libros que reivindican la palabra Encierro:

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TRAS LAS REJAS DE LA MENTE

POR DIEGO RABASA

"Podría estar encerrado en una cáscara de nuez y sentirme rey de un espacio infinito."  Hamlet

La libertad, aunque sea difícil de definir y mucho más difícil de alcanzar (algunos dirían que imposible), es uno de los bienes más preciados de las sociedades modernas. La capacidad de privar a un hombre o una mujer de ésta es uno de los principios sobre el que el Estado ejerce su supuesta soberanía sobre el uso de la violencia. Dice Foucault en Vigilar y castigar: “Se saben todos los inconvenientes de la prisión, y que es peligrosa cuando no es inútil. Y, no obstante, no se ‘ve’ por qué reemplazarla. Es la detestable solución que no se puede evitar”. Foucault publicó este libro en 1975 y desde entonces los sistemas penitenciarios se han hecho quizá más peligrosos e inútiles sin que nuestros sistemas judiciales hayan encontrado la manera de sustituir estos métodos de “corrección” social. El encierro físico es uno de los estados más brutales a los que se puede ver reducida la vida, aunque no implique necesariamente tener una existencia sedentaria.

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