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CANCIÓN CALICHE

Sé que todo mundo hablará de Carlos Fuentes como el gran narrador de la ciudad de México, como el primero que la convirtió en personaje omnipresente en su forma de megalópolis. Que José Emilio Pacheco le cantó a aquella ciudad deshecha, gris, monstruosa como nadie.  Así que hoy no voy a hablar de libros. En esta ocasión la columna será musical.

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LUCES, CÁMARA, D.F.

La Gran Tenochtitlán. Millones de veces imaginada, la gran capital del Imperio Azteca se refleja de manera fantasmal e inspirada en sus réplicas en el siglo XX. El cine nos debe una reconstrucción de la gigantesca obra de arte que se decía era esta misma ciudad a la llegada de los primeros españoles. Lo más lejos que se ha llegado en ello está en algunas historias que se van hasta esos años para empezar a contar bien la historia de la revolución de independencia o las apariciones de la virgen de Guadalupe. Aún en esos casos, lo que se ve de la Gran Tenochtitlán son habitaciones imperiales color marrón con algunos murales puestos sin el menor rigor histórico.

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¿ME ALCANZA LA SALSA ROJA?

Tortuga:    Así que era verdad.
Aquiles:    ¿Qué hace usted aquí?
Tortuga:    Comprobando mi hipótesis. ¿Puedo sentarme?
Aquiles:    Si no hay más remedio... ¿Quién le dijo dónde encontrarme?
Tortuga:    No sea ingenuo. Dejó la computadora encendida y el documento a media frase.
Aquiles:    Es usted todo un Sherlock.
Tortuga:    Ni tanto. Era casi una obviedad. Como si hubiera puesto: “...y entonces Luigi Vidales fue a contemplar la Diana Cazadora”. ¿Sigue empeñado en su idea?
Aquiles:    ¡Es que es lo que hará grande a mi novela! ¡La precisión en el detalle geográfico! ¡Todos los clásicos coinciden en eso! Mi texto no se quedará atrás.
Tortuga:    Joven... dos con todo y un orange crush. ¿Clásico? Entonces va en serio.
Aquiles:    Muy en serio. ¿A Cortázar, a Miller, a Hemingway... los intimidó París? ¡Claro que no! A mí tampoco me intimidará el D.F. Hay que explotar la ciudad hasta el tuétano. Y a mí lo único que me hace falta es un lugar emblemático. Uno solo. Hacer la mención en mi texto será como la pincelada maestra que transforma un cuadro, apenas bueno, en excelente.

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LLEGO EN CINCO MINUTOS

Estarán de acuerdo en que la ciudad de México es uno de los grande enigmas de la ciencia: ¡todavía nadie se explica cómo es que funciona! Sus más de 19 millones de habitantes entrecruzamos a diario caminos en todas las direcciones posibles a ritmo de bocinazos de coches, música, altavoces, más música y más altavoces. Respiramos el humo de los escapes y de las fritangas, el olor a flores, a pan dulce, a chapopote y a perfume fino. Entramos por la puerta de un mercado y salimos por la de una tienda departamental.

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SOMOS LA CARNE DEL TIEMPO

“En el principio y ante la tardanza del dios cristiano, Huitzilopochtli y Tláloc crearon los cielos y la tierra, y en la Tierra (llamada así porque su componente mayor era el agua) la nación mexicana, hija del dios Caos y la diosa Demografía, estaba desordenada pero nunca carente de población, y por eso las deidades aztecas en su empeño de beneficiar a la primera ciudad, produjeron un Centro”, así empieza el último libro publicado por Carlos Monsiváis (de manera póstuma), Apocalipstik. Vemos ahí los humores de los que desprendemos nuestra “civilización”. El vago eco de dioses que prefiguraron este mosaico, este palimpsesto de humanidades y deformaciones de la realidad que es la capital de México.

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