La ImaginaciÓn, LA LOCA DE LA CASA

LA IMAGINACIÓN, LA LOCA DE LA CASA

Lo fantástico nació con la palabra. Antes de que hubiera literatura ya existía la imaginación. Dragones y cíclopes moraban en las cuevas cuando los primeros hombres llegaron a pintar bisontes en sus paredes.

Sin embargo, la nuestra es una tradición literaria reticente a lo imaginativo. He encontrado cierta explicación en un razonamiento ofrecido por un colega cienciaficcionero: la obra cumbre de nuestra literatura es, entre muchas otras cosas, una burla a las novelas de caballería, que eran la ciencia ficción del siglo de oro. Hoy Don Quijote sería un geek lector de cómics y devorador de anime.

La reticencia a imaginar ha enraizado profundamente en la literatura hispanoamericana. “Raros” llamamos a aquellos que se atreven a navegar en las aguas de lo fantástico. Apenas un puñado en nuestro idioma contra la multitud que ha habido en la lengua inglesa, por ejemplo.

Así, a Shakespeare no le da pudor alguno convocar hadas y duendes para su Sueño de una noche de verano mientras que Rabelais escribe las aventuras no de uno sino de dos gigantes en Gargantúa y Pantagruel.

No sucede lo mismo en nuestros países.

Así, veneramos a Borges y Cortázar, grandes imaginadores donde los haya, pero pocos narradores locales han seguido sus pasos cuando se adentran en los terrenos de lo fantástico. Vemos los cuentos más extraños de Arreola con fascinada sorpresa y tenemos a Francisco Tario, cuyo centenario se cumple este año, en un estante apartado, raro entre los raros de la literatura nacional.

Muy fácil resulta hablar de literatura fantástica extranjera. Sus exponentes se multiplican por cada subgénero (ciencia ficción, terror, fantasy o llana literatura de la imaginación). Algunos nombres al vuelo: Ray Bradbury, Neil Gaiman, Clive Barker, Philip K. Dick, Ursula K. Le Guin, Margaret Atwood, George Orwell, William Golding, Ellen Kushner, Christopher Priest, J.G. Ballard y el tan amado como odiado Stephen King, por hablar de anglosajones traducidos al español y con presencia en nuestras librerías y Angélica Gorodischer, Goran Petrovic, Stanislav Lem, Ludmilla Petrushevskaya, Milorad Pavic, Michel Houellebecq, Serge Brussollo y Yasutaka Tsuitsui, para hacer una selección del resto del mundo, también editados en castellano.

Así que para hacer honor al orgullo nacional, acá va una lista de autores mexicanos que en algún momento u otro han escrito literatura fantástica, en ambos sentidos del término (es decir, imaginativa y de gran calidad).

En completo desorden, además del mencionado Francisco Tario vale la pena asomarse a los mundos de Alberto Chimal, Pedro F. Miret, Amparo Dávila, Patricia Laurent Kullick, Gerardo H. Porcayo, Pepe Rojo, Gerardo Sifuentes, Cecilia Eudave, Edgar Omar Avilés, Mario Bellatín, Antonio Malpica, Sergio J. Monreal, Andrés Acosta, Karen Chacek, Gabriela Damián, Norma Lazo, Bernardo Esquinca, para nombrar un grupo de autores publicados y/o premiados.

Me gustaría hacer mención aparte de la rama digital de nuestra literatura fantástica. La minificción ha tomado un segundo aire en las redes sociales, concretamente en el twitter donde no pocos han decidido mudar sus sueños eléctricos. Especial atención merecen los ya mencionados Alberto Chimal y José Luis Zárate, a mi ver las dos voces punteras de nuestra literatura fantástica.

Ambos han hecho del formato minúsculo, 140 caracteres cuando mucho, una herramienta prodigiosa de pequeñas perlas narrativas. Chimal (@albertochimal), quien con casi 40 mil seguidores es uno de los escritores mexicanos  más leídos en el twitter, saluda y se despide todos los días de sus lectores con pequeños haikús narrativos como éstos:

Buenos días, como dicen las ciudades en su idioma de pasos, motores, ondas de radio y vidrio y piedra y terremotos.

Buenas noches, como dice el monstruo sin nombre, y por tanto sin historia, y por tanto sin adversarios, a cada una de sus víctimas.

Zárate (@joseluiszarate), por su lado, ofrece desde hace tres años minificciones diarias, ramilletes llenos de ingenio que suelen agruparse por series temáticas:

Nadie que ha recorrido el Laberinto teme al Minotauro, víctima también de los insidiosos caminos, de los monstruosos muros.

La parte final del Laberinto, cuando el cansancio era mucho, consta de caminos dibujados en el suelo y carteles de “Continúa usted perdido”.

El propio Dédalo recorre el Laberinto para cerciorarse que es insalvable, cuando no salga de nuevo su obra será perfecta.

Estoy tranquilo, mientras escriban Zárate y Chimal la fantástica nacional estará segura. Y todos los demás estaremos ahí para leerlos. +

Por Bernardo Fernández, Bef
Novelista y dibujante de cómics. Su último libro es la novela gráfica La calavera de cristal, cuyo guión es de Juan Villoro.

Imagen: Alberto Chimal

Comparte en tus redes