LAS OBERTURAS

LAS OBERTURAS

Es ya una especie de mito. Varias investigaciones pueden comprobar, de un momento a otro, que El cantante de Jazz no fue la primera película con sonido sincrónico y entonces, la que sea que quede en su lugar, le arrebatará al musical ese puesto. Si todo va como hasta ahora, las primeras palabras de un película sonora -“Aún no escuchan nada”- podrían transformarse drásticamente y privar a la música de ese privilegio, el de cobijar como se debe a la primer película con voz propia —en el sentido estricto— de la historia universal.

Es ya una especie de mito. Varias investigaciones pueden comprobar, de un momento a otro, que El cantante de Jazz no fue la primera película con sonido sincrónico y entonces, la que sea que quede en su lugar, le arrebatará al musical ese puesto. Si todo va como hasta ahora, las primeras palabras de un película sonora -“Aún no escuchan nada”- podrían transformarse drásticamente y privar a la música de ese privilegio, el de cobijar como se debe a la primer película con voz propia —en el sentido estricto— de la historia universal.

Y sin embargo, tampoco debemos rasgarnos las vestiduras: cada quien tiene su primera vez musical, aquella ocasión en que una canción inaugural nos ponía en tono para lo que íbamos a ver y, especialmente, hacía inolvidable la experiencia. La música tiene cualidades especiales; con ella, y a través de ella, somos capaces de recordar situaciones, personas, olores, sabores, colores, momentos y, por supuesto, podemos traer de vuelta la extraordinaria sensación de la sangre corriendo a tope al abrir una película.

La mía, de manera indiscutible, es la obertura a La guerra de las galaxias. Escuchar a todo volumen (en mi infancia la onda en los cines era subir el volumen de la película, no como ahora que parece que no queremos despertar a nadie) la música del entonces desconocido (para mí) John Williams, y ver después a una nave gigantesca que se parecía más a la parte de atrás de mi tele que a un avión supersónico, fue traumático en todos los sentidos. Hoy, incluso después de escuchar las famosísimas fanfarrias de la 20th Century Fox, imagino que sigue el tema de John Williams y el logo de Star Wars llenando la pantalla, no importa qué película vaya a ver.

Claro, cuando uno crece y asalta el video club se enfrenta a otras poderosas oberturas como la de Psicosis, del maestro Bernard Herrmann, que comunica toda la tensión y sobre todo, la histeria y el ritmo en que nos van a meter conforme los pobres personajes que se enfrentan a Norman Bates caigan uno a uno como moscas. Y los violines, ¡esos violines de la escena de la ducha!

Apocalipsis ahora empieza paradójicamente con The End, el mejor uso que se ha dado a la música de The Doors, dejándola envolver en un delirio alcohólico depresivo que se clausura con el famoso “Saigón… Saigón otra vez”, en boca del infortunado Capitán Benjamin. L. Willard: ahí, al comienzo de la historia, se da cuenta que no tiene escapatoria.

Inolvidable y definitoria de todo lo que viene es la primera secuencia de Naranja mecánica, con el Réquiem para el funeral de la Reina María II, de Henry Purcell, pero potenciado por la interpretación de Wendy Carlos mientras la pantalla permanece naranja casi roja. Es un tatuaje en el alma.

Lust for Life, de Iggy Pop con música de David Bowie, nunca fue la misma cuando nosotros dejamos de ser los mismos después de la secuencia inicial de Trainspotting, una de las mejores presentaciones de una película y de sus personajes.

El cine de terror tiene lo suyo, aunque un poco fresa. Ahí está El ansia, con Bela Lugosi’s Dead de Bauhaus sonando mientras otro Bowie -ahora actor- y Catherine Deneuve salen a almorzar a mitad de la noche: son vampiros y están hambrientos.

Del otro lado está Tiburón que abre también con música de John Williams, y que se mete hasta el tuétano de tal manera que hoy es imposible no referenciarla incluso en documentales naturalistas de segunda categoría.

Y sin embargo, nadie negará que lo clásico sea siempre lo mejor a pesar de que vaya salpicado con psicodelia. Si de entrar en el espíritu de una combinación de música e imágenes se trata, que le arrebaten a Ennio Morricone la secuencia de créditos que abre la épica El bueno, el malo y el feo. Mi favorita entre las favoritas.

Sin música el cine sería un arte distinto, quizá para mal. “Aún no escuchan nada”.

POR ERICK ESTRADA: Director editorial de cinegarage.com, portal dedicado al cine, y colaborador en la estación de radio Reactor.

Imagen: Ilustración de Ennio Morricone.

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