MÚSICA PARA PENSAR

MÚSICA PARA PENSAR

Empecemos con las preguntas que se hace el filósofo francés Vladimir Jankélévitch en su libro clásico La música y lo inefable: “¿Qué es la música? […] ¿Es un divertimento fútil?, ¿o acaso se trata de un lenguaje cifrado, como el jeroglífico de un misterio?”. El también musicólogo galo de padres rusos responde de manera árida y compleja la pregunta a través de 224 páginas de referencias filosóficas clásicas que no sacarán al lector no avezado del cuestionamiento.

Baste para efectos de este espacio entender que la pregunta es honda porque se sitúa en la frontera de lo racional y lo fenomenológico. No es necesario –alabados sean los dioses– responder esta pregunta para poder experimentar la música, así como no es imprescindible responder cuál es el sentido de la vida para poder conferirle uno a nuestra existencia: a fin de cuentas muchos argumentarán que la música no pasa por el intelecto, como dice Pascal Quignard: “Ahí donde el pensamiento tiene miedo, la música piensa”. Que la música existe en un páramo diferente al de la razón no parece haber duda. Y si la hubiera quizá convendría visitar Musicofilia de Oliver Sacks.

En esta obra del famoso antropólogo de la mente, abundan los casos de genios musicales que no son capaces de hacer una simple suma, o de cerebros con patologías que no les permiten recordar ninguna de las figuras o rostros de su entorno pero que son capaces de tocar enteros, de memoria, conciertos para piano. La experiencia musical parece alojarse en una zona de la mente –que no del cerebro– que nos conecta con los impulsos más esenciales del ser humano. Volvamos a Jankélévitch: “Esta operación irracional e incluso inconfesable se cumple al margen de la verdad: por ello está más cerca de la magia que de la ciencia demostrativa […] Por ello, se dirige no a la parte racional y rectora del espíritu, sino al existente psicosomático en su conjunto”.

Pero así como para la mayoría de los mortales la música es un lenguaje natural al que nos sentimos irremediablemente atraídos cual marineros que escuchan el canto de las sirenas, también es cierto que muchos músicos han encontrado una dimensión expresiva distinta en la literatura. Están los célebres casos de Bob Dylan, que incluso ha sido candidato al Nobel en varias ocasiones, o de Leonard Cohen que en el 2011 fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras por poemas como éste: Los grandes pasan / pasan sin tocarse / pasan sin mirarse / cada uno sumido en el gozo / cada uno en su fuego / No tienen necesidad / el uno del otro / tienen la más profunda de las necesidades / Los grandes pasan. O ejemplos más recientes como el de Patti Smith, ganadora del National Book Award en Estados Unidos por su libro Just Kids, en la que con conmovedora honestidad y deslumbrante maestría, el ícono del punk rememora los años sesenta y setenta en Nueva York de la mano del célebre fotógrafo Robert Mapplethorpe. Incluso en géneros ensayísticos hay ejemplos importantes como el de David Byrne y sus Diarios de bicicleta, que reúne un conjunto de crónicas realizadas por el Talkin’ head mayor a través de diversas ciudades del mundo (Berlín, Estambul, Buenos Aires, Manila, Londres, Nueva York y otras) a bordo de su bicicleta. Con una mirada a ras de suelo, escucha los sonidos de la calle, hace un recuento de la música local que lo influenció en cada viaje, y se da el tiempo para hacer anotaciones brillantes acerca del carácter proyectivo de la psique de los individuos, que es la arquitectura de una ciudad.

Por último no quisiera dejar fuera el abundante género de las biografías de rock stars. Tentado a hablar de Tom Waits (Tom Waits. Conversaciones, entrevistas y opiniones) mi memoria rescata con mayor vitalidad al paroxístico Rotten: No Irish, No Blacks, No Dogs, de John Lydon, mejor conocido como Johnny Rotten. Bajo el lema “No tengo tiempo para mentiras o para fantasear, y tampoco tú deberías tenerlo… Disfruta o muere”, Lydon rememora, setenta años después de los Sex Pistols, su vida bajo el mantra de no-hay-futuro. Es una bitácora oral del punk, de uno de los más emocionantes movimientos musicales y sociales que sacudieron el mundo. Uno que recuerda que el carácter revolucionario es lo único que nos permite conservar cierto cáliz de esperanza ante los desfiguros del presente. +

Por Diego Rabasa. Editor, columnista y por si fuera poco, americanista.

Imagen: Tom Waits jamming.

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