SIEMPRE EN MOVIMIENTO

SIEMPRE EN MOVIMIENTO

Nunca te quedes quieto. Nunca te detengas. Nunca dejes que la inmovilidad se apropie de ti, de tu cabeza. Nunca quedarse. Nunca desistir. El cine es un viaje desde donde se le vea. Mecánicamente tenemos que llegar del principio al final de la cinta, haciendo engranar a los sprockets tirando hacia el final para que 24 cuadros pasen frente a la luz cada segundo. El segundo descompuesto en 24 fotogramas es un viaje. Lo que ocurra en la suma de 2 horas de fotogramas es la multiplicación, el exponente a la locura de ese primer viaje mecánico.

Pero el cine también es un viaje en el sentido más puro. Alguien quiere algo y tiene que moverse para conseguirlo, ya sea de un lado de la piscina al otro caminando con una vela encendida en la mano (el eternísimo viaje a la trascendencia y la multiplicación de la paciencia propuesto por Tarkovsky en Nostalgia) o de un extremo del país al otro agitando las piernas, sudando cada kilómetro (el viaje generacional que se hacía metáfora de un país eternamente en transformación en Forrest Gump, de Robert Zemeckis).

Decir que hay un género cinematográfico dedicado al viaje y ceñirse celosamente a él, sería tan cómodo como santificar obras cumbre como Easy Rider, de Dennis Hopper, o el road movie ultra sublimado conocido como Apocalpsis ahora, de Francis Ford Coppola: del principio del río a lo profundo de la jungla, del humano animalizado a la locura incomprensible, violenta y potenciada. Un mundo perfecto, de Clint Eastwood, parecería una road movie fallida por deshacerse de paisajes y planicies para demostrar la porquería del alma humana que viaja hacia el otro lado, a donde manifiesta lo más noble de sus ingredientes. O dejar en el renglón de las que no cierran el círculo a Entre copas, de Alexander Payne, cuyo viaje geográfico es diminuto, pero en donde la traslación espiritual de sus personajes es monumental, monstruosa en su sencillez.

No. El cine siempre es un viaje, a veces uno que vuelve al punto de partida sin volverse pasivo, sabiendo que ese punto cambia cuando lo abandonamos y que quien lo abandona (los personajes o nosotros que los seguimos), irremediablemente volverá siendo otro. Entonces tampoco neguemos el cruel viaje inverso propuesto por Irreversible, de Gaspar Noé, que al reflejarse en el espejo de nuestra percepción convierte la luz en oscuridad y la casualidad en destino manifiesto.

Y luego las otras transformaciones. Las del niño en adulto, las del siglo pasado en siglo presente de la irresistible Mariana, Mariana, de Alberto Issac, o la del hijo sometido que se vuelve espíritu rebelde de La oveja negra, de Ismael Rodríguez, metáfora de la necesidad de cambio en un país entregado por tradición mal entendida al machismo. La del padre apacible que se transforma en un loco asesino de la carretera: Mad Max, de George Miller; o en esa Odisea urbana y casi punk conocida como Los Guerreros, de Walter Hill, y que hacen de un líder pandillero todo un Ulises necesitado de sobrevivir.

El cine es un viaje en el que se apagan las luces como cuando despega una nave espacial, la misma que transportó a la ingenua tripulación de Mélliès en Viaje a la Luna, o la que hace que el hombre se enfrente a su propio espíritu en la ya de por sí viajada 2001 Odisea del espacio, del infalible Stanley Kubrick.

Necesitados del posmodernismo que se niega a morir del todo, podemos refugiarnos en Borat, de Larry Charles, viaje físico nutrido de escatología, reconocedor de miedos y temperamentos, caricaturización de una realidad que cada vez parece menos racional, la burla de la burla. O Paul, de Greag Mottola, un círculo desértico envuelto en comedia que empata a la perfección con el viaje dentro del viaje que emprende un personaje desorientado que se traslada media tierra para entrar a la nave espacial que lo llevará hacia nunca supimos dónde: Encuentros cercanos del tercer tipo, de Steven Spielberg.

Seleccionar una lista estricta de películas a propósito de viajes sería negarle al cine su facultad inspiradora y transformadora, su capacidad para convertirnos en otros, a veces en noventa minutos, a veces en menos, a veces en más. Si la luz viaja del proyector a la pantalla, si la película viaja de principio a fin montada en una máquina maravillosa, ¿qué nos impide viajar a nosotros cuando se nos cuenta una historia con esos elementos?

Viajar es transformarse. Uno nunca es el mismo antes y después de una película. +

POR ERICK ESTRADA: Director editorial de cinegarage.com, portal dedicado al cine, y colaborador en la estación de radio Reactor.

Imagen: Fotograma de la película Easy rider (1969).