UNA MUJER ES UNA MUJER

UNA MUJER ES UNA MUJER

Ella es una stripper y tiene novio. Eso no le impide, por supuesto, tener metas, reflexiones. Ella quiere un hijo, se lo propone a su novio y él, acobardado como siempre se acobardan los hombres, teje una idea estúpida como las que tejemos los hombres. Una mujer es una mujer (1961) es uno de los himnos sordos más poderosos que se han hecho a favor de lo femenino, de su poder tácito. Jean-Luc Godard, libertario como siempre ha procurado serlo, hizo de esa película un gigantesco homenaje sucio y colorido a la mujer.

En Una mujer es una mujer, lo femenino se enfrenta a un mundo que quiere verle la cara. Se hace de la razón a través de planteamientos sencillos que en su momento y ahora, representan un desmembramiento del lado masculino, la reducción del poder fálico a una herramienta fálica: si tu pene no me da lo que quiero siempre podré conseguir otro. Godard le da a la mujer la perspectiva para saber que lo que quiere se lo puede dar cualquiera excepto otra mujer, y eso pulveriza las ansias de dominio del macho y su supuesta superioridad.

De una manera mucho menos silenciosa hay otra mujer que desafía las convenciones con una elegancia digna solamente de una loca. Pero el peligro es precisamente ese. ¿Quién quiere, puede, se atreve a enamorarse de una loca? “No importa si por lo menos es bonita”, dirían los machos que no se dan cuenta que lo son. Pues bien, ésta loca no es nada agraciada, no es bonita y además no es simpática. Pasión de amor (1981) es también el rompimiento de la regla, el dominio del cosmos sobre una mota de polvo que cree que lo que le han dicho desde niño es una regla inamovible: que las mujeres son sumisas, silenciosas y lucen como diosas.

Ettore Scola -en una de las mejores películas sobre la batalla de los sexos- usa la antítesis de lo que se considera femenino para contar una de las historias de amor más intensas que alguien pueda imaginar. La mujer, la que se enfrenta al universo, es el eje de la anécdota y la anécdota es tan poderosa como la fuerza de esa mujer: determinada a ser amada, a ser vista, a ser admirada, en contra de las reglas que le dicen que alguien como ella no puede ser amada ni vista ni admirada. Pasión de amor es un canto extraño, un enamoramiento anticlimático, un homenaje a lo femenino más allá de lo femenino. Un poema que no rima.

Y al final, la mujer que ejerce la libertad a través de su sexo. La que sabe desde siempre que la satisfacción del sexo no sólo es el orgasmo sino el hecho de dominarlo, de practicarlo cuando se quiera a pesar de lo que sea. El amante (1992), surgida de la novela de Marguerite Durás, fue dirigida por Jean-Jacques Annaud, encargado de que el temple femenino se plasmara en la pantalla y que ni una gota de su libertad disminuyera ante los ojos del público masculino. Él se encargó de que en la historia quedara claro (sin regaños ni letanías) que quien hacía uso de un amante era ella y no él y que, en consecuencia, estábamos ante la historia de una mujer libre y expresiva a través del sexo, el gran tabú que el macho le impone a las mujeres.

Tres mujeres que consiguen el poder, dominan al hombre y que además aniquilan cualquier posibilidad de ser llamadas putas, aunque el sexo sea el ingrediente que aparece aquí desafiante y evidente. Tres directores, dos franceses y uno italiano, culturas que esquemáticamente se distinguen por apreciar a la mujer como pocas. Tres películas, un sólo personaje: La Mujer.

Por: Erick Estrada. Director editorial del portal dedicado al cine www.cinegarage.com

Imagen: Fotograma de la película Una mujer es una mujer (1961), de Jean-Luc Godard.

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